domingo, 2 de marzo de 2008

Muerte por defecto

Cansada, estaba ya cansada de pedir permiso, de rogar compañía, de emocionarse por recuerdos vacíos. Estaba sentada encima de esa mesa de madera carcomida, en medio del mirador de algún lugar perdido, tan perdido quizá como ella. Delante, la inmensidad escoltada por montañas, vigilada por un cielo tan azul como sus ojos… qué ojos. No. Basta. Basta de mentiras, basta de auto-compadecerse, basta de justificarle. Se puso de pie en la mesa de merendero, miró al vacío. “Y el vacío la miró a ella”
Sintió que tenía alas, pudo notar cómo crecían y acariciaban su piel en, le dieron poder y agallas. Volvió a mirar al vacío, esta vez desafiándolo. “Ni tú, ni nadie, ni yo misma, nunca” Nunca más volvería a vender su alma por amor. El amor no se compraba. No diría de nuevo las palabras que el resto querían oír, sino las que pasaban por su mente. Una
mujer libre.

Y saltó al vacío. Y voló. Y la fuerza y el poder de sus alas, suyas propias, le dieron fe en sí misma. El viento peinándole, refrescando la palma de sus manos. Su ropa arriba y abajo en una línea horizontal con el horizonte. Libertad. La libertad que del conocimiento, la libertad que da la confianza. Ni él. Ni ella. Ni nadie. Nunca. El miedo se esfumó. Volaba sin haber movido un músculo.
Ya no estaba allí. Había muerto de plenitud, de alegría, de libertad. Ni a la misma muerte temía.

La silla. El tropiezo

Se levantaba de la silla, caminaba hacia los ventanales, y se volvía a sentar. Un mecánico gesto de impaciencia, excepto porque no estaba impaciente, sólo perdida. Perdida en un pasillo de hospital. Completamente vacía, su carcasa pasaba los días allí sin tener ya a nadie a quien esperar, desde hacía casi un mes. Las enfermeras iban y venían, al principio la miraban curiosa, después una psicóloga trató de convencerla para que cambiase su rutina, y la última semana se habían resignado a tenerla allí, como a las revistas viejas y las telarañas que nadie alcanza. Parte del mobiliario, y la saludaban con un pequeño movimiento de cabeza o una sonrisa amarga. De haber sido completamente consciente de su comportamiento, se habría dado cuenta de que las incomodaba, el simple hecho de que no tuviera razón alguna para estar allí les resultaba tan violento como ver a un pobre en un barrio residencial de lujo: socialmente desubicada. Se entretenía pensando por qué se sentaba allí cada tarde, después del trabajo. Quizá necesitaba ver a los demás sufrir. Quizá era una condena por haberle dejado morir solo, una especie de alma en pena. Puede que estar allí le diera esperanzas. O que le sintiese cercano. Aunque era más simple que todo eso, sin él no sabía dónde ir, así que permanecía en el último sitio en el que le vio, sentada hablando con un médico, antes de irse a trabajar un martes como cualquier otro de los últimos dos años. No había podido ver ni a su familia, si es que la tenía.




Todo comenzó con un tropiezo en las escaleras, romántico para unos, pero cotidiano para ella. No destacaba, ni por exceso, ni por defecto. Una funcionaria más, con una vida ordenada y sin más aliciente que los días de vacaciones que aprovechaba para escaparse sola, lejos de todo, a algún sitio increíble, donde escribía páginas y páginas que acababan en una carpeta tan oscura como su pelo. Ese día se tropezó con el dobladillo de sus pantalones de lino blancos de verano, y cayó tal como mandan los cánones, escaleras abajo. ¿Resultado? Un pie muy, muy dolorido. Salió un poco antes de la oficina y cogió el autobús para ir a urgencias.
“Tiene mala pinta, señorita” un médico muy gracioso. Radiografía, escayola, y a casa.
- Disculpe, ¿dónde está el baño? – preguntó a la salida.
- El de esta planta está estropeado, tendrá que subir a la de arriba, y seguir un pasillo largo hacia la izquierda, allí está indicado.
Evidentemente, se perdió. Con una muleta en una mano, y el bolso, el maletín y las escaleras en la otra, en un pasillo que parecía una carretera en medio del desierto. Al fin vio a un hombre con pijama de ingresado, no sabía si estaba bien preguntarle, pero no había nadie más desde hacía 10 minutos, y la necesidad hace que se tomen más rápido las decisiones. Así pues, se acercó con cuidado.
- Hola, quizá podría ayudarme… me he perdido.
- Pues ya somos dos, entonces. – contestó sonriendo. Cuando giró la cara se dio cuenta de que era ciego. – Dos ojos ven más que ninguno, vamos a ver si podemos hacer algo. No me mires así (sí, sé cómo me estás mirando), yo aporto al equipo un gran sentido del humor.
No pudo más que reírse y cruzar las piernas más aún.
Entre los dos encontraron la habitación de la que se había escapado, aunque de lo último se enteraría más tarde. Y, gracias a dios, tenía baño propio. Una vez todo hubo vuelto a su orden más o menos natural, se despidió para irse a casa.
- Que pases una buena noche, querida. Mañana te veo, a la misma hora.

Sonrió, sin darle mayor importancia. A la salida casi se tropieza con una silla. “Menudo sitio más raro para poner esto” pensó algo enfadada, más por su torpeza que por la manera de amueblar el hospital.
Llegó a casa, se preparó la cena, y leyó un rato, igual que cada noche. No volvió a acordarse del hombre hasta el día siguiente, cuando salió de la oficina.

sábado, 1 de marzo de 2008

IX.


“Gabriel, me voy a la peluquería y luego daré una vuelta, ¿quieres que te traiga algo o que vaya a algún sitio?” dijo desde la puerta esperando una negativa. Había que cuidar cada detalle. Algo parecido a un No rebotó contra el mármol, y le bastó. Cogió el bolso negro de charol de Chanel que le había regalado por su cumpleaños y metió el móvil, las llaves y el monedero. Su primer bolso carísimo… y pensaba que con eso iba a lograr algo. Por supuesto ella sabía que se notaba el cambio de la relación, que iba muriendo poco a poco, pero había que mantener las formas, como decía su madre “no des un paso hasta tener seguro el siguiente” Y Gabi la quería, no era tan tan malo después de todo fingir que ella también sentía lo mismo, él la protegía. A menudo le llamaba su ángel de la guarda, predecible pero halagador.
Las puertas del ascensor se abrieron con el chasquido monótono de siempre. Y caminó hasta la entrada, amordazando los tacones con la alfombra roja. El taxi la esperaba a la puerta, tal como debía ser. Sin mirar hacia arriba, entró en él.
- ¿Cómo lo haces para estar cada día más bella?
No era más guapo que Gabriel, ni más divertido, ni más rico. Quizá más poderoso. Pero lo que a ella le enamoraba era su hombría y su seguridad. “No nos engañemos, linda, esto es Nueva York, tú traicionas, ¿quién no te dice que este hombre sea tan buen actor como tú?” Una vez le besaba, cada pedazo de culpabilidad o desconfianza sencillamente se esfumaba.

Llegaron al hotel, uno no muy caro y alejado para no tener problemas, registrados con un nombre falso. En el recibidor comenzaron a quitarse la ropa, con la necesidad que dan los días, con la dulzura que dan los años, con la precisión que de la experiencia.
- Se lo dirás mañana, ¿verdad?- dijo mientras besaba sus caderas sobre mesa.
- Ya lo hablaremos luego- no había acabado de decirlo y ya se arrepentía.
John se separó.
- ¿Hasta cuándo pretendes jugar conmigo?
- No empieces, ya sabes lo que siento…
- También lo que siento yo, aunque eso parezca no importarte. Y sabes que va a haber elecciones en menos de un año, y a menos que le dejes ahora, que se destape a menos de 6 meses de las urnas me puede hacer mucho daño. Tienes que elegir, Frida.
- ¿Entre la seguridad y la incertidumbre?
Incertidumbre en esa frase significaba traición y desconfianza. El tono de voz lo dejó claro.
- Si te casa conmigo no habrá ninguna de las dos cosas
¡Matrimonio! Eso sí que no lo esperaba. Se le escapó sin dar tiempo a pensarlo, a los dos.
- Te quiero tanto, ¡claro que sí!

Él dormía, común denominador de la fisiología de los hombres. Se sentó al borde de la cama pensando cómo dejaría a la persona que mejor la había tratado nunca. Quizá era mejor no hacerlo, coger las maletas y marcharse diciendo sólo adiós. O ser fría “me he enamorado de otro, lo siento” No quería decir su nombre, aunque acabaría sabiéndolo de todos modos. Lo más decente, o más bien políticamente correcto, era decirle que su relación ya no tenía sentido desde hacía mucho, y que pensaba en otro en vez de en él. Quizá algo cruel. O una carta… las cartas de leen a solas y el dolor se atraganta menos. No quería lágrimas. No quería voces. No quería súplicas. Podría dejarle sin decirle nada de John, y fingir que se enamoró luego. Le heriría menos, y daba menos pereza así. Era una mentira piadosa.



El vaso de whisky se partió en mil pedazos contra la pared, como riéndose de él en una metáfora estúpida. En el periódico, la foto de Frida del brazo del candidato Jackson. Uno al que no votaría, desde luego.
“Estaba superado” se decía. Pero la imagen se le había clavado en el estómago, junto con el alcohol. Una palangana, voy a vomitar. Literalmente.
Ira… era ira lo que se acumulaba en su interior, y sabía a bilis. Ahora al menos sí. Y en un momento de lucidez, ató cabos de rodillas en el suelo del baño, de la manera más tonta posible. La decepción sustituyó a la ira, y las lágrimas a la bilis. Cornudo. Vomitó una vez más. Engañado y se entera el último, seguro. Se tumbó y se quedó dormido. Cornudo. Mentirosa. Traidora.

lunes, 4 de febrero de 2008

2:45, fragmento

"Al día siguiente apareció con el pelo liso como una tabla y cara de satisfacción.


-Te dije que liso me llega por la mitad de la espalda
- En realidad no te llega- la corregí, más bien para pincharla que como simple anotación
- ¿No?

Me miró contrariada, y pensativa. A ver qué se le ocurría ahora… Se giró, y una vez que estuvo de espaldas a mí, echó un poco la cabeza hacia atrás.

- ¿Qué tal ahora?
- Pero eso es trampa, estás mirando hacia arriba
- Bueno, nunca dije nada de la posición, tú sólo contesta: ¿llega a la mitad de la espalda sí o no?
- Sí - tuve que admitir

Volvió a girar esta vez con cara de felicidad, como si la vida fuese maravillosa sólo porque le hubiera dado la razón. Mi madre hubiese dicho que era una niña inmadura, y yo el adulto de esa extraña relación, pero a veces aún envidio la manera que ella tenía de ver la vida. ¿Qué importará la madurez al fin y al cabo si uno disfruta la vida? Aunque en realidad hace tiempo que decidí no meterme en debates sobre felicidad e infelicidad, el tema era demasiado escabroso y subjetivo como para dar la razón a los dos contertulios… y a mí nunca se me dio bien empatar.

Ella de alguna manera lo sabía, y luchaba por tener la razón o se rendía completamente a mis razonamientos (más bien lo primero), pero nunca medias tintas."

lunes, 28 de enero de 2008

VIII.


Se tumbó bocarriba en la cama “Basta, ya basta” pensó. Eran esos fantasmas, fantasmas de gente que no sabía si seguiría viva o muerta, y que realmente tampoco le importaba, pero atormentaban su alma con recuerdos borrosos de un espectáculo circense cruel. Como los payasos tristes y las equilibristas de tutús desgarrados con rimmel corrido. Eran pesadillas esperpénticas que le pasaban por los ojos abiertos, como proyectadas en el techo, mientras contenía la respiración.
- Ya ha pasado, eso pasó hace mucho, no volverás a verlos, no volverán a ti, nunca más, no debes tener miedo, hay muchísimas personas que te protegerían con su vida, no debes temer a fantasmas lejanos en tiempo y espacio.- tratando de autoconvencerse.
Echó de menos el cuerpo de alguien junto a ella, alguien que le diera seguridad, alguien grande, o alguien mayor, mujer, hombre, alguien con una personalidad más fuerte y unos dientes más grandes que se comiera a todos esos espectros mejor. “¿Y cuando deje de darte seguridad?” resonó en su cabeza “Entonces me buscaré a otro” No, tenía que comenzar a sentirse segura consigo misma, no inmortal, nadie es inmortal, pero segura.
-Dame alas, dame alas para volar.
Realmente estaba sufriendo, sabiendo que tarde o temprano lo enterraría en su memoria, que no eran más que alambres de espinos en parte del camino, pero en ese momento era como si alguien estuviera encontrando una retorcida diversión con su muñeco vudú. Como si su peor pesadilla fuese ella misma.
Deseó quedarse inconsciente, pero temía quedarse dormida. O quizá no, dicen que los sueños resuelven problemas pendientes, quizá ella pudiese tener un sueño en el que partiese la boca a todos ellos, o quizá les perdonara. O mejor aún, en el que no tuviesen ninguna importancia para ella. Pero tenía miedo de algo y no acababa de saber si era una mera proyección, como lo que veía en el techo. Otra cosa le vino a la cabeza “Uno de los peores maltratos es el psicológico, es el que más cuesta reconocer porque la víctima se avergüenza de sí misma, de no poder manejar las situaciones” Nunca pensó que las asignaturas de libre configuración sirviesen para algo, aunque fuese a autocompasión.
Por dentro estaba desnuda, en medio de un callejón oscuro, toda esa gente a su alrededor insultándola, sin tocarle un pelo, pero humillándola, y lo peor, ella dejándose humillar, con la cabeza baja esperando que se fueran, sin fuerzas para levantarse y mandarlos a la mierda. Se sentía débil, indefensa, sin ningún tipo de orgullo propio y sin dignidad. Era eso, sus fantasmas le recordaban que una vez se había dejado humillar hasta el punto de no tener dignidad.

No era consciente, pero se retorcía en la cama. Sin llorar, eso sí, nunca jamás habían arrancado una lágrima de ella, podría sentirse herida en lo más profundo de su ser, pero no había tenido ni durante, ni después el impulso del llanto. En parte pensaba que lo necesitaba.
Algún día se lo contaría a alguien, alguien que no fuese a reírse o a decirle lo que hubiera hecho en su lugar, alguien que no fuese a juzgarla, porque las personas más juzgadas, y muchas veces las más odiadas en secreto, eran las débiles. Ese día lloraría, se desharía en agua y sal, y con todo ello saldría cada recuerdo tóxico de sus entrañas, era una certeza. Pero no había encontrado aún a nadie, ni siquiera quienes la vieron, en quien confiar, alguien suficientemente abierto de espíritu como para callarse, dejarla llorar, hablar y acariciarle la cabeza cuando por fin consiguiera dormir la noche de cada mes que cada uno de los desconocidos violaban de nuevo la seguridad de su casa en forma de recuerdo informe y luego la violaban a ella.

En parte quería superarlo sola, no quería que la solución fuese contarlo, sino que quería digerirlo o vomitarlo, pero ella sola, porque estaba enferma, y las enfermedades nadie puede pasarlas por nadie. ¿Qué clase de pecado estaba pagando? ¿Qué acto gravísimo había cometido como para tener que estar así? No se creía con derecho siquiera a quejarse o a compadecerse, o a admitir que sufría, porque cuánta gente en el mundo lo había pasado peor y moría cada día. Había mujeres que sí habían sido realmente violadas y tenían más fortaleza que ella… y sin embargo no podía dejar de sentirse así secretamente, ocultándoselo incluso a sí misma.

Se levantó de la cama, cogió el primer artículo de los que tenía por estudiar en el escritorio, y comenzó a estudiarlo empapada en sudor frío. Miró por un segundo al otro lado de la mesa y la vio:


Miss Martina Aguirre.


Remitía el Lenox Hill Hospital de Nueva York.


Se levantó lentamente con el sobre en la mano, encendió la minicadena, “Here comes the sun” de los Beatles. Se miró al espejo y se sonrió en uno de los pasos de su terapia especial. No más meterse en refugios antinucleares, no más búnkeres morales, no más UVIs caseras, no más noches de helado y chocolate. Iba a renacer.
“Por mucho que corras, tú eres tu mayor miedo” le dijo una vocecilla.

jueves, 24 de enero de 2008

VII.

Un año en Estados Unidos y aún no se hacía a la manera de ser de los americanos, tan patriotas y tan… americanos. No le gustaban los prejuicios, pero debía reconocer que la mayoría de las cosas que se mostraban en el cine y las series eran ciertas. Excepto lo de que todo el mundo era guapísimo y los finales eran siempre felices: la mayoría eran gente normal con destinos crueles (como el resto de la humanidad) La felicidad, como decía su padre, era aceptar la realidad y disfrutarla. Ella era de esas a las que les costaba aceptar. Pero no era infeliz.
Se levantó de la cama, estiró el edredón para evitar tentaciones, y fue directa a la ducha. Todo de diseño. “Se han portado” pensaba siempre que se metía en el baño. El hospital le había asignado un apartamento perfectamente amueblado (por una tal Loretta que debía de tener fama a nivel nacional, y ahora nación equivalía en tamaño a continente, así que debía ser buena) en una planta séptima, relativamente baja para lo que les solían pedir, al parecer. Pero era todo tan perfecto que tenía la sensación de que nunca podría llamar hogar a la decoración ZEN, y a la ducha con hidromasaje de líneas suaves. Era el perfecto escaparate de muebles de diseño. “Siendo tan impersonal, no te cansarás nunca” le decía Alina cuando hablaban por messenger.

Era sábado y no tenía guardia, pero había decidido acostumbrar a su cuerpo a una rutina, y las mañanas había que aprovecharlas. Cuando le ofrecieron el trabajo, se imaginó yendo a correr antes del trabajo, desayunando zumo de naranja mientras leía el periódico y esa clase de tópicos absurdos que en el fondo sabía que nunca llegaría a hacer. El teléfono la sacó de sus pensamientos. Salió del baño con el albornoz a medio abrochar y fue al salón.
- ¿Marina? Hola, soy Jess, ¿qué tal?
- Bien, acabo de levantarme y salía de la ducha, ¿y tú?
- Bien también. Oye, Michael tiene este fin de semana a las niñas, ¿quieres que hagamos algo? Podemos ir de compras.
- Pues tengo que estudiar un par de operaciones que tengo la semana q viene, si quieres ven a comer y luego vamos- contestó haciéndose un planning mental.
- Vale, sin problema. Oye, a las 5 he quedado para tomar un café con un amigo, no sé si le conocerías en fin de año, era el dueño de la casa, ¿te vienes?
- Depende de lo cansada que esté, ya lo vemos. Te espero para comer.
- Claro, adiós.


Cuando colgó el teléfono fue a ordenar el cuarto de las niñas y su baño, era de las pocas ocasiones que tenía para recoger sin tenerlas dando brincos a su alrededor, y se agradecía algo de paz. No se consideraba una maniática, pero le gustaba tener las cosas ordenadas y limpias. Vivía sola desde los 16 años, trabajó de camarera para sacar dinero para la carrera, y estudió enfermería en una universidad poco conocida. Luego llegó Mike, revolucionó su vida, se mudaron a Manhattan y poco después se divorciaron porque él se acostó con su jefa para ascender en la empresa. Nunca pensó que el poder fuese así de corrosivo, y en realidad temía que se lo inculcara a sus pequeñas. “En realidad mejor así, mejor haberse dado cuenta antes, eso estaba dentro de él desde siempre y ahora al menos soy joven y no me hundiré por un capullo semejante. Sí, echo de menos tener a alguien a mi lado, pero no a él, no a una persona que valora más ser poderoso que amar solamente a su mujer… Porque yo era su mujer, maldita sea… Vale, Jessica, ya está bien. Ponte música mientras limpias, eso siempre lo ha hecho más sencillo todo.” Después de tirar por ella durante tantos años, había aprendido a relativizar y buscar algo que lo hiciera todo más fácil.


Encendió el portátil, puso los informes al lado, y colocó los subrayadores en orden, primero el amarillo que es el que más usaba. Al otro lado, unos folios y un lápiz para coger apuntes. Era todo un ritual, y le parecía hasta bonito cómo quedaba la mesa después de prepararlo todo (de hecho, alguna vez había sacado una foto) Tenía un espejo al fondo del salón, levantó la mirada y se sonrió. Los espejos hacían que se sintiera menos sola, aunque seguía notando la ausencia de alguien dando vida a su casa.
“Al tema” se dijo.


El sonido del aspirador le despertó. Le tenía dicho que no aspirara el piso si él estaba dormido… se sorprendió pensando “qué puede esperarse de una hispana” No, nunca caería en esos prejuicios, ¡su madre era agentina, por amor de dios! Además era la madre de Frida, y eso ya significaba algo (no sabía si bueno o malo). Se puso unos pantalones y fue a la cocina.
- Buenos días, Asunción.
- ¿Le desperté? Cuanto lo lamento, señor, pensé que si lo hacía despacito quizá no le despertaría.
- No importa, es una buena hora para levantarse un sábado…- “uno de los dos malditos días que no tengo que madrugar”
- Le hice café, señor, lo puse en el termo plateado para que no se enfriara, y el periódico está en el salón.- dijo sonriendo satisfecha. Una de las cosas que más le gustaban del patrón, es que con un café y una lectura, olvidaba los enojos. Además, hablaba con ella en español.
- Muchas gracias, estaré allí si necesita cualquier cosa.- era una buena mujer.

Fue al salón y se sentó frente a la cristalera en uno de los sillones bajitos. Nunca habría dicho que fuesen así de cómodos, eran un cuadrado blanco inclinado sobre una sola pata, le parecía increíble que se sostuvieran siquiera. Pero a estas horas, con su periódico, su café y sus preciosas vistas, no imaginaba ningún sitio mejor donde sentarse. Eran perfectos.
Comprobó la blackberry, hoy había quedado con Jessica Holmes a las 5 en Coffee+Sugar. No la veía desde Enero. La historia de esa chica sé que le llegaba al alma, y era tan íntegra, estaba tan entera, le parecía un milagro. “Y yo que lloro con los documentales” pensaba entre divertido y preocupado. Hizo memoria, la conocía desde… hacía ya tres años, al menos, el día de la fiesta de la empresa. Nunca se llevó especialmente bien con su marido, en realidad no le veía más que como uno de sus empleados. Pero ella le conquistó en seguida, tenía una mirada muy sabia, desde el primer momento le hubiese pedido consejo sobre cualquier cosa. Pero sabía que las relaciones humanas no funcionaban así, y que por mucho que sintiera ese tipo de cosas, dejarlas ver podía asustar a los desconocidos.
“Desplome en las bolsas de todo el mundo, bajada de los tipos de interés para intentar paliarlo, riesgo de subida de la inflación” leyó por encima. “Oh, oh”

jueves, 17 de enero de 2008

- No, en realidad no lo sabía- había conseguido captar su atención dejándola tranquila antes, y ahora demostraba que era un tipo interesante. Sonrió para sí misma "Sigue por ahí y veremos a donde llegamos"se dijo.
El camarero tardó más de lo esperado en volver, y Gabriel lo agradeció en el alma. Sabía que tan sólo necesitaba una oportunidad de hacerla reir, al fin y al cabo era una chica, parecía inteligente y su sentido del humor era bastante particular. Por supuesto él no era consciente del análisis milimetrado que hacía a cada frase, como nadie lo es cuando coquetea. Eso es, estaba coqueteando... De pronto cayó en la cuenta y justo entonces llegó el bolso. Suspiró aliviado.
- Quizá querría acompañarme a dar una vuelta, no tengo por qué irme a casa ya mismo.- dijo coqueta.
- En realidad, Martina, ha sido un placer, pero debo volver, me esperan. Espero volver a verla en otra fiesta.

No entendía muy bien qué acababa de pasar, hasta hacía un momento juraría que estaba interesado en ella. Era oficial (desde hacía mucho) no era capaz de entender a los hombres. Abrigo en mano, bolso en hombro, cogió el ascensor y bajó los 21 pisos barajando la posibilidad de subir a verle de nuevo. En el segundo decidió irse directamente a casa. Los rascacielos de Manhattan tenían esa virtud: eran tan altos que de la azotea al bajo te daba tiempo a cambiar varias veces de parecer.

Gabriel se sentó en uno de los sofás de cuero negro, y se fijó por primera vez en el contraste de los trajes de chaqueta con el mármol blanco del suelo. Era como un collage, punteado de rojos, azules, negros y dorados con forma de mujeres más o menos agraciadas (la mayoría hay que decir que muy agraciadas) Se alegró de haber puesto en manos de Loretta la decoración del piso, sí, sin duda todo un acierto. ´
"Eres estúpido, no tenías que haberla dejado ir, te estaba ofreciendo LA oportunidad"
Se había bloqueado, como de costumbre. Sabía qué hacer, sabía cómo y hasta cuándo... siempre se había jactado de su buen manejo del sexo opuesto... hasta que llegó Frida y lo puso todo patas arriba. Una venezolana imponente, de carácter, emprendedora, perfecta. Perfecta hasta que decidió que sería mucho más feliz con un congresista. Y le dejó. Y desde entonces no había podido pasar de las buenas intenciones con otras chicas. No es que fuera el amor de su vida, pero le había metido inseguridad en el cuerpo, y no era fácil de asumir. Se consolaba pensando que no duraría eternamente el sentimiento de ridículo, y hacía que su mejor amigo se lo repitiera semana sí, semana no. Evidentemente no podía decirle a Martina "me encantas, pero en este momento estoy acomplejado, ¿esperarías por mí un tiempo breve?"

Por un momento recordó su perfume, sus ojos ahumados, sus manos con aquel precioso... ¡¡¡ANILLO!!! Se acabó, había perdido facultades, había intentado ligar con una mujer casada. Que le había seguido el rollo, sí, pero prefería no meterse en ese tipo de líos de faldas, que ya de por sí eran complicados como para meter a un marido cornudo de por medio.

- Te veo en baja forma, ¿ya no aguantas más, abuelo?- la sonrisa de Louis era extremadamente blanca junto a extremadamente negra. Sinceramente contagiosa.
- Vamos a divertirnos un rato más antes de que me retire a mis aposentos como buen anfitrión- dijo guiñando un ojo.
Unas horas después estaba en la cama aún con el esmoquin puesto.