lunes, 4 de febrero de 2008

2:45, fragmento

"Al día siguiente apareció con el pelo liso como una tabla y cara de satisfacción.


-Te dije que liso me llega por la mitad de la espalda
- En realidad no te llega- la corregí, más bien para pincharla que como simple anotación
- ¿No?

Me miró contrariada, y pensativa. A ver qué se le ocurría ahora… Se giró, y una vez que estuvo de espaldas a mí, echó un poco la cabeza hacia atrás.

- ¿Qué tal ahora?
- Pero eso es trampa, estás mirando hacia arriba
- Bueno, nunca dije nada de la posición, tú sólo contesta: ¿llega a la mitad de la espalda sí o no?
- Sí - tuve que admitir

Volvió a girar esta vez con cara de felicidad, como si la vida fuese maravillosa sólo porque le hubiera dado la razón. Mi madre hubiese dicho que era una niña inmadura, y yo el adulto de esa extraña relación, pero a veces aún envidio la manera que ella tenía de ver la vida. ¿Qué importará la madurez al fin y al cabo si uno disfruta la vida? Aunque en realidad hace tiempo que decidí no meterme en debates sobre felicidad e infelicidad, el tema era demasiado escabroso y subjetivo como para dar la razón a los dos contertulios… y a mí nunca se me dio bien empatar.

Ella de alguna manera lo sabía, y luchaba por tener la razón o se rendía completamente a mis razonamientos (más bien lo primero), pero nunca medias tintas."

lunes, 28 de enero de 2008

VIII.


Se tumbó bocarriba en la cama “Basta, ya basta” pensó. Eran esos fantasmas, fantasmas de gente que no sabía si seguiría viva o muerta, y que realmente tampoco le importaba, pero atormentaban su alma con recuerdos borrosos de un espectáculo circense cruel. Como los payasos tristes y las equilibristas de tutús desgarrados con rimmel corrido. Eran pesadillas esperpénticas que le pasaban por los ojos abiertos, como proyectadas en el techo, mientras contenía la respiración.
- Ya ha pasado, eso pasó hace mucho, no volverás a verlos, no volverán a ti, nunca más, no debes tener miedo, hay muchísimas personas que te protegerían con su vida, no debes temer a fantasmas lejanos en tiempo y espacio.- tratando de autoconvencerse.
Echó de menos el cuerpo de alguien junto a ella, alguien que le diera seguridad, alguien grande, o alguien mayor, mujer, hombre, alguien con una personalidad más fuerte y unos dientes más grandes que se comiera a todos esos espectros mejor. “¿Y cuando deje de darte seguridad?” resonó en su cabeza “Entonces me buscaré a otro” No, tenía que comenzar a sentirse segura consigo misma, no inmortal, nadie es inmortal, pero segura.
-Dame alas, dame alas para volar.
Realmente estaba sufriendo, sabiendo que tarde o temprano lo enterraría en su memoria, que no eran más que alambres de espinos en parte del camino, pero en ese momento era como si alguien estuviera encontrando una retorcida diversión con su muñeco vudú. Como si su peor pesadilla fuese ella misma.
Deseó quedarse inconsciente, pero temía quedarse dormida. O quizá no, dicen que los sueños resuelven problemas pendientes, quizá ella pudiese tener un sueño en el que partiese la boca a todos ellos, o quizá les perdonara. O mejor aún, en el que no tuviesen ninguna importancia para ella. Pero tenía miedo de algo y no acababa de saber si era una mera proyección, como lo que veía en el techo. Otra cosa le vino a la cabeza “Uno de los peores maltratos es el psicológico, es el que más cuesta reconocer porque la víctima se avergüenza de sí misma, de no poder manejar las situaciones” Nunca pensó que las asignaturas de libre configuración sirviesen para algo, aunque fuese a autocompasión.
Por dentro estaba desnuda, en medio de un callejón oscuro, toda esa gente a su alrededor insultándola, sin tocarle un pelo, pero humillándola, y lo peor, ella dejándose humillar, con la cabeza baja esperando que se fueran, sin fuerzas para levantarse y mandarlos a la mierda. Se sentía débil, indefensa, sin ningún tipo de orgullo propio y sin dignidad. Era eso, sus fantasmas le recordaban que una vez se había dejado humillar hasta el punto de no tener dignidad.

No era consciente, pero se retorcía en la cama. Sin llorar, eso sí, nunca jamás habían arrancado una lágrima de ella, podría sentirse herida en lo más profundo de su ser, pero no había tenido ni durante, ni después el impulso del llanto. En parte pensaba que lo necesitaba.
Algún día se lo contaría a alguien, alguien que no fuese a reírse o a decirle lo que hubiera hecho en su lugar, alguien que no fuese a juzgarla, porque las personas más juzgadas, y muchas veces las más odiadas en secreto, eran las débiles. Ese día lloraría, se desharía en agua y sal, y con todo ello saldría cada recuerdo tóxico de sus entrañas, era una certeza. Pero no había encontrado aún a nadie, ni siquiera quienes la vieron, en quien confiar, alguien suficientemente abierto de espíritu como para callarse, dejarla llorar, hablar y acariciarle la cabeza cuando por fin consiguiera dormir la noche de cada mes que cada uno de los desconocidos violaban de nuevo la seguridad de su casa en forma de recuerdo informe y luego la violaban a ella.

En parte quería superarlo sola, no quería que la solución fuese contarlo, sino que quería digerirlo o vomitarlo, pero ella sola, porque estaba enferma, y las enfermedades nadie puede pasarlas por nadie. ¿Qué clase de pecado estaba pagando? ¿Qué acto gravísimo había cometido como para tener que estar así? No se creía con derecho siquiera a quejarse o a compadecerse, o a admitir que sufría, porque cuánta gente en el mundo lo había pasado peor y moría cada día. Había mujeres que sí habían sido realmente violadas y tenían más fortaleza que ella… y sin embargo no podía dejar de sentirse así secretamente, ocultándoselo incluso a sí misma.

Se levantó de la cama, cogió el primer artículo de los que tenía por estudiar en el escritorio, y comenzó a estudiarlo empapada en sudor frío. Miró por un segundo al otro lado de la mesa y la vio:


Miss Martina Aguirre.


Remitía el Lenox Hill Hospital de Nueva York.


Se levantó lentamente con el sobre en la mano, encendió la minicadena, “Here comes the sun” de los Beatles. Se miró al espejo y se sonrió en uno de los pasos de su terapia especial. No más meterse en refugios antinucleares, no más búnkeres morales, no más UVIs caseras, no más noches de helado y chocolate. Iba a renacer.
“Por mucho que corras, tú eres tu mayor miedo” le dijo una vocecilla.

jueves, 24 de enero de 2008

VII.

Un año en Estados Unidos y aún no se hacía a la manera de ser de los americanos, tan patriotas y tan… americanos. No le gustaban los prejuicios, pero debía reconocer que la mayoría de las cosas que se mostraban en el cine y las series eran ciertas. Excepto lo de que todo el mundo era guapísimo y los finales eran siempre felices: la mayoría eran gente normal con destinos crueles (como el resto de la humanidad) La felicidad, como decía su padre, era aceptar la realidad y disfrutarla. Ella era de esas a las que les costaba aceptar. Pero no era infeliz.
Se levantó de la cama, estiró el edredón para evitar tentaciones, y fue directa a la ducha. Todo de diseño. “Se han portado” pensaba siempre que se metía en el baño. El hospital le había asignado un apartamento perfectamente amueblado (por una tal Loretta que debía de tener fama a nivel nacional, y ahora nación equivalía en tamaño a continente, así que debía ser buena) en una planta séptima, relativamente baja para lo que les solían pedir, al parecer. Pero era todo tan perfecto que tenía la sensación de que nunca podría llamar hogar a la decoración ZEN, y a la ducha con hidromasaje de líneas suaves. Era el perfecto escaparate de muebles de diseño. “Siendo tan impersonal, no te cansarás nunca” le decía Alina cuando hablaban por messenger.

Era sábado y no tenía guardia, pero había decidido acostumbrar a su cuerpo a una rutina, y las mañanas había que aprovecharlas. Cuando le ofrecieron el trabajo, se imaginó yendo a correr antes del trabajo, desayunando zumo de naranja mientras leía el periódico y esa clase de tópicos absurdos que en el fondo sabía que nunca llegaría a hacer. El teléfono la sacó de sus pensamientos. Salió del baño con el albornoz a medio abrochar y fue al salón.
- ¿Marina? Hola, soy Jess, ¿qué tal?
- Bien, acabo de levantarme y salía de la ducha, ¿y tú?
- Bien también. Oye, Michael tiene este fin de semana a las niñas, ¿quieres que hagamos algo? Podemos ir de compras.
- Pues tengo que estudiar un par de operaciones que tengo la semana q viene, si quieres ven a comer y luego vamos- contestó haciéndose un planning mental.
- Vale, sin problema. Oye, a las 5 he quedado para tomar un café con un amigo, no sé si le conocerías en fin de año, era el dueño de la casa, ¿te vienes?
- Depende de lo cansada que esté, ya lo vemos. Te espero para comer.
- Claro, adiós.


Cuando colgó el teléfono fue a ordenar el cuarto de las niñas y su baño, era de las pocas ocasiones que tenía para recoger sin tenerlas dando brincos a su alrededor, y se agradecía algo de paz. No se consideraba una maniática, pero le gustaba tener las cosas ordenadas y limpias. Vivía sola desde los 16 años, trabajó de camarera para sacar dinero para la carrera, y estudió enfermería en una universidad poco conocida. Luego llegó Mike, revolucionó su vida, se mudaron a Manhattan y poco después se divorciaron porque él se acostó con su jefa para ascender en la empresa. Nunca pensó que el poder fuese así de corrosivo, y en realidad temía que se lo inculcara a sus pequeñas. “En realidad mejor así, mejor haberse dado cuenta antes, eso estaba dentro de él desde siempre y ahora al menos soy joven y no me hundiré por un capullo semejante. Sí, echo de menos tener a alguien a mi lado, pero no a él, no a una persona que valora más ser poderoso que amar solamente a su mujer… Porque yo era su mujer, maldita sea… Vale, Jessica, ya está bien. Ponte música mientras limpias, eso siempre lo ha hecho más sencillo todo.” Después de tirar por ella durante tantos años, había aprendido a relativizar y buscar algo que lo hiciera todo más fácil.


Encendió el portátil, puso los informes al lado, y colocó los subrayadores en orden, primero el amarillo que es el que más usaba. Al otro lado, unos folios y un lápiz para coger apuntes. Era todo un ritual, y le parecía hasta bonito cómo quedaba la mesa después de prepararlo todo (de hecho, alguna vez había sacado una foto) Tenía un espejo al fondo del salón, levantó la mirada y se sonrió. Los espejos hacían que se sintiera menos sola, aunque seguía notando la ausencia de alguien dando vida a su casa.
“Al tema” se dijo.


El sonido del aspirador le despertó. Le tenía dicho que no aspirara el piso si él estaba dormido… se sorprendió pensando “qué puede esperarse de una hispana” No, nunca caería en esos prejuicios, ¡su madre era agentina, por amor de dios! Además era la madre de Frida, y eso ya significaba algo (no sabía si bueno o malo). Se puso unos pantalones y fue a la cocina.
- Buenos días, Asunción.
- ¿Le desperté? Cuanto lo lamento, señor, pensé que si lo hacía despacito quizá no le despertaría.
- No importa, es una buena hora para levantarse un sábado…- “uno de los dos malditos días que no tengo que madrugar”
- Le hice café, señor, lo puse en el termo plateado para que no se enfriara, y el periódico está en el salón.- dijo sonriendo satisfecha. Una de las cosas que más le gustaban del patrón, es que con un café y una lectura, olvidaba los enojos. Además, hablaba con ella en español.
- Muchas gracias, estaré allí si necesita cualquier cosa.- era una buena mujer.

Fue al salón y se sentó frente a la cristalera en uno de los sillones bajitos. Nunca habría dicho que fuesen así de cómodos, eran un cuadrado blanco inclinado sobre una sola pata, le parecía increíble que se sostuvieran siquiera. Pero a estas horas, con su periódico, su café y sus preciosas vistas, no imaginaba ningún sitio mejor donde sentarse. Eran perfectos.
Comprobó la blackberry, hoy había quedado con Jessica Holmes a las 5 en Coffee+Sugar. No la veía desde Enero. La historia de esa chica sé que le llegaba al alma, y era tan íntegra, estaba tan entera, le parecía un milagro. “Y yo que lloro con los documentales” pensaba entre divertido y preocupado. Hizo memoria, la conocía desde… hacía ya tres años, al menos, el día de la fiesta de la empresa. Nunca se llevó especialmente bien con su marido, en realidad no le veía más que como uno de sus empleados. Pero ella le conquistó en seguida, tenía una mirada muy sabia, desde el primer momento le hubiese pedido consejo sobre cualquier cosa. Pero sabía que las relaciones humanas no funcionaban así, y que por mucho que sintiera ese tipo de cosas, dejarlas ver podía asustar a los desconocidos.
“Desplome en las bolsas de todo el mundo, bajada de los tipos de interés para intentar paliarlo, riesgo de subida de la inflación” leyó por encima. “Oh, oh”

jueves, 17 de enero de 2008

- No, en realidad no lo sabía- había conseguido captar su atención dejándola tranquila antes, y ahora demostraba que era un tipo interesante. Sonrió para sí misma "Sigue por ahí y veremos a donde llegamos"se dijo.
El camarero tardó más de lo esperado en volver, y Gabriel lo agradeció en el alma. Sabía que tan sólo necesitaba una oportunidad de hacerla reir, al fin y al cabo era una chica, parecía inteligente y su sentido del humor era bastante particular. Por supuesto él no era consciente del análisis milimetrado que hacía a cada frase, como nadie lo es cuando coquetea. Eso es, estaba coqueteando... De pronto cayó en la cuenta y justo entonces llegó el bolso. Suspiró aliviado.
- Quizá querría acompañarme a dar una vuelta, no tengo por qué irme a casa ya mismo.- dijo coqueta.
- En realidad, Martina, ha sido un placer, pero debo volver, me esperan. Espero volver a verla en otra fiesta.

No entendía muy bien qué acababa de pasar, hasta hacía un momento juraría que estaba interesado en ella. Era oficial (desde hacía mucho) no era capaz de entender a los hombres. Abrigo en mano, bolso en hombro, cogió el ascensor y bajó los 21 pisos barajando la posibilidad de subir a verle de nuevo. En el segundo decidió irse directamente a casa. Los rascacielos de Manhattan tenían esa virtud: eran tan altos que de la azotea al bajo te daba tiempo a cambiar varias veces de parecer.

Gabriel se sentó en uno de los sofás de cuero negro, y se fijó por primera vez en el contraste de los trajes de chaqueta con el mármol blanco del suelo. Era como un collage, punteado de rojos, azules, negros y dorados con forma de mujeres más o menos agraciadas (la mayoría hay que decir que muy agraciadas) Se alegró de haber puesto en manos de Loretta la decoración del piso, sí, sin duda todo un acierto. ´
"Eres estúpido, no tenías que haberla dejado ir, te estaba ofreciendo LA oportunidad"
Se había bloqueado, como de costumbre. Sabía qué hacer, sabía cómo y hasta cuándo... siempre se había jactado de su buen manejo del sexo opuesto... hasta que llegó Frida y lo puso todo patas arriba. Una venezolana imponente, de carácter, emprendedora, perfecta. Perfecta hasta que decidió que sería mucho más feliz con un congresista. Y le dejó. Y desde entonces no había podido pasar de las buenas intenciones con otras chicas. No es que fuera el amor de su vida, pero le había metido inseguridad en el cuerpo, y no era fácil de asumir. Se consolaba pensando que no duraría eternamente el sentimiento de ridículo, y hacía que su mejor amigo se lo repitiera semana sí, semana no. Evidentemente no podía decirle a Martina "me encantas, pero en este momento estoy acomplejado, ¿esperarías por mí un tiempo breve?"

Por un momento recordó su perfume, sus ojos ahumados, sus manos con aquel precioso... ¡¡¡ANILLO!!! Se acabó, había perdido facultades, había intentado ligar con una mujer casada. Que le había seguido el rollo, sí, pero prefería no meterse en ese tipo de líos de faldas, que ya de por sí eran complicados como para meter a un marido cornudo de por medio.

- Te veo en baja forma, ¿ya no aguantas más, abuelo?- la sonrisa de Louis era extremadamente blanca junto a extremadamente negra. Sinceramente contagiosa.
- Vamos a divertirnos un rato más antes de que me retire a mis aposentos como buen anfitrión- dijo guiñando un ojo.
Unas horas después estaba en la cama aún con el esmoquin puesto.

lunes, 14 de enero de 2008

VI.


La vio entrar en la habitación, y el resto del mundo pareció desaparecer. Su pelo castaño estilo años 20, su vestido negro, su gargantilla de diamantes, sus ojos ahumados. No había visto nada igual en mucho tiempo, pero era algo más… su energía, la manera en que miraba y se relacionaba con la gente, su vitalidad. Gabriel se giró, cogió dos Martinis secos y caminó decidido hacia ella. “Hola, me sobra uno” no, no podía decirle eso, “hola, soy el encargado de que no pases sed esta noche” demasiado listillo…

- Hola, perdona, sé que no nos han presentado, pero pensé que podría invitarte a una copa. Espero no estar siendo demasiado directo…
Martina le miró de arriba abajo, y pensó que no estaba mal, pero que sí había sido demasiado directo.
- En realidad no me gusta beber en fin de año, gracias.
- ¿Quizá un vaso de agua? Vas a acabar con la boca seca si sigues hablando sin tomar nada- dijo sin darse por rendido.
Había sido bastante clara, no quería entablar conversación con él. Por un momento le dio algo de pena, pero se había acostumbrado a no escucharse a sí misma, y menos cuando se trataba de lástimas.
- Le prometo que si en algún momento me quedo sin habla, seré la primera en ir a por algo yo misma.
- En ese caso, supongo que un caballero debe saber aceptar una derrota, siento no conocer su nombre y que vaya a perderse el amor de su vida, quizá en otra ocasión.- dicho lo cual se dio la vuelta y fue a hablar con un grupo de personas no muy lejos de allí.
La psicología inversa nunca había fallado y esperó que no fuera a hacerlo ahora. Sabía también que esa chica era diferente, así que no se extrañó cuando, al preguntar por ella un rato más tarde, le dijeron que se había ido hacía unos minutos.

Estaba cansada, aburrida y decepcionada, no creía haber conocido a nadie especialmente interesante aquella noche (y eso que prometía). Además no era capaz de encontrar su bolso por ninguna parte. Un camarero pasó justo a su lado, y como un resorte, cogió una copa de cava al vuelo. Una voz sonó detrás de ella. “Pensé que no bebía en fin de año” sonriendo.
- Estoy desesperada, no encuentro el bolso, estoy cansada y me quiero ir a casa… - en realidad no intentaba dar pena, pero salió todo.
- Vamos a ver qué podemos hacer- llamó a un camarero- Disculpe, hemos perdido un bolso…

Después de hacer una descripción, ella se sentó en un taburete cercano. Era su oportunidad. “¿Al menos me deja que le haga compañía mientras se lo traen?”le dijo con tono nada suplicante.
- Me llamo Martina
- Gabriel. ¿Sabes que tu nombre significa guerrera?

domingo, 13 de enero de 2008

V.


Llevaba tres días encerrada voluntariamente en el hotel, y el hecho de que no supiera cuando iba a salir, le consumía por dentro de tal manera que comenzaba a hablar sola. No se aburría, podía leer, ver la televisión, visitar la ciudad, pero el hecho de la intemporalidad podía con ella. Había llegado a aislarse tanto del mundo exterior (que era realmente su objetivo) que tenía miedo de volver a salir, en ese momento era una niña introvertida, se había reencontrado consigo misma. Se consideraba un náufrago en una isla desierta, diciéndose a sí misma “mantén la cabeza fría”

Se sentía terriblemente sola, en medio de un país extranjero, sin nadie conocido alrededor… pero lo que más le angustiaba era que no tenía donde ir, no tenía plan B, no podía irse a casa si se agobiaba, porque ahora “esa” era su casa. En el momento en que fue conciente de ello, no supo decidir si era feliz o infeliz; así que se centró en lo que tenía que hacer cada día. Marcó una rutina diaria en la que sólo ella importaba, no interaccionaba con otras personas si no era estrictamente necesario, y cambiaba el ritmo las veces que consideraba oportuno: una vida sin estrés. Fue entonces cuando comenzó a temer haber perdido las habilidades sociales, cuando cogió el teléfono para llamar a su mejor amiga y al oír su voz colgó. No quería que supiera nada de ella, quería desaparecer, y al mismo tiempo eso era lo que más desgraciada le hacía. Cada noche se tumbaba en la cama y pensaba “un día más”, y la realidad hacía que las mantas pesaran mucho más. No sabía a qué tenía miedo, no sabía cuánto tiempo permanecería allí, qué buscaba o qué pretendía conseguir, sólo sobrevivía. Estaba perdida, más perdida que nunca
IV.


Se levantó sobresaltada, sin saber realmente si seguía soñando o no, con la cabeza llena de niebla. Estaba en casa, en su cuarto, sola en la cama. De fondo se escuchaba la ducha y unos platos, ¿qué hora era? Giró la cabeza para mirar el despertador, las dos de la tarde. Aún sudaba, se miró de reojo las manos buscando un rastro de sangre (por si acaso).
Volvió a tumbarse en la cama, estaba sola en ella y fue consciente por primera vez en el día.
Hacía ya un mes que Beltrán la había dejado, por una compañera del trabajo, debía de ser la secretaria. Antes habían tenido períodos separados, pero esta vez era diferente, tanto en la forma como en lo que ella sentía con respecto a la ruptura. Las otras veces, hubiese querido correr a su apartamento para abrazarle y decirle que se debían otra oportunidad, pero el hecho de que otra mujer apareciera en escena lo cambiaba todo… Pensaba que lo iba a asumir peor. En un principio sintió el corazón roto, luego entró en estado de shock (llegó a conseguir que el resto del mundo creyera que no le afectaba), y unos días después sintió mucha rabia. Ahora… no sabía cómo se sentía, por un lado le rondaba la idea de ser la segunda, por otro que le había hecho un favor porque su relación no tenía futuro con tantos altibajos y tan poca seguridad. Aún quedaba rabia en su corazón, pero mucha menos. Un día que no lograba recordar, se había levantado pensando en él, como cada día, pero sin echarle de menos. Fue una escena digna de película de dibujos: se frotó lo ojos frente al espejo incrédula y dijo en voz alta, como para cerciorarse de que era cierto, “no le echo de menos”. Ya no le amaba, y dudaba haberlo hecho realmente en algún momento. Ahora era un fantasma que de vez en cuando le venía a hacer una visita, y a decirle lo insignificante que era, una lección de humildad a base de bofetadas. “Bien” pensaba “pues ya la he aprendido”. Además, por primera vez en bastante tiempo, no sentía la necesidad de unos brazos rodeándola para dormir, reales o imaginarios, se metía en la cama consciente de que estaba sólo su cuerpo, y no intentaba dibujar entre las sábanas otra persona. No sabía muy bien si el cambio era para bien o para mal, no sabía si ella misma estaba entera, pero había sido capaz de asumir los hechos y estaba muy orgullosa.
Después de todo lo que había avanzado, el sueño que acababa de tener era como un paso hacia atrás en la progresión del “tienes que olvidarle”, ¿o no? Puede que sólo fuera una vía de escape, y el que Beltrán fuese la persona en la que confiaba al hacer algo tan terrible, no hacía más que recordarle que le echaba de menos como a un amigo, no tenía por qué ser otra cosa. “No saquemos las cosas de contexto”
Se levantó y fue a la cocina, descalza, como siempre.
- ¡No entres!, ¡se me acaba de caer un vaso!- (así que ese era el sonido de cristales o platos que había escuchado) dijo Helene al verla con intención de entrar.
La puerta del baño se abrió de par en par, y Alina salió bailando entre vaho y la voz de Cristina Aguilera. Adoraba esos pequeños detalles, en seguida, al son de “Hello! Hello!”, se unió a ella, cogió un trapo de cocina que estaba a mano y de alguna manera se compenetraron en una coreografía con trapo y toalla de manos que nunca antes había imaginado. Helene las observaba divertida desde el marco de la puerta. Después de cinco años, las tres estaban acostumbradas a las improvisaciones. Al principio compartían con otra chica, Olivia , pero estudiaba una diplomatura, al acabar se fue a trabajar a Segovia y de vez en cuando las visitaba.
Cuando la canción acabó, Martina estaba en el suelo sentada riendo a carcajadas, Alina la acompañaba desde el baño, y Helene hacía lo propio desde la cocina.

- Voy a ir al museo de arte contemporáneo esta tarde, me han dicho que hay una exposición de grabado bastante buena, ¿venís alguna?
- Imposible, Mar, tengo un montón de cosas que hacer hoy…
- Ufff, es que yo a los grabados tampoco es que les tenga mucho afecto, al verdad. ¿No prefieres ir al cine?
Acabaron de comer más tarde que de costumbre, y después de recoger la mesa, Martina fue a su habitación a revisar un par de casos. Luego se duchó para ir al museo.

- ¡Ya estoy en casa!- dijo Helene cantarina entrando por la puerta.
Un puerta chirrió al fondo del pasillo. “Hola, estoy mirándome unas cosas, Alina aún no llegó, debe de estar al caer.”
- ¿Tú no ibas al museo?
- Sí, pero a verlo, no a quedarme a vivir. Por cierto, he visto allí a tu amigo… ¿Ernesto?, ¿Esteban?...
- Emmanuel
- Sí, ese. Muy simpático, estaba viendo la misma exposición que yo, para que veas que no soy un bicho raro. Podíamos invitarle a cenar uno de estos días.
- Mmm, ¿te interesa?
- Me interesa conocer gente interesante que también quiera concerme, sin más. Y ese chico ha demostrado que sabe de grabado, así que entra en el grupo de posibles AMIGOS. Sabes que no busco nada ahora.
Fue a su habitación y se sentó en la cama. Le cogió las manos. “Lo sé, cariño, ¿cómo estás?”
- Divinamente, ¿por qué os empeñáis en que esté mal? Lo llevo bastante bien, pero eso no significa que vosotras podáis sorprenderos como si esperaseis que esto me hundiera…- no entendía que la subestimaran de esa manera.
- No te enfades, Tina, estamos muy orgullosas de ti, pero tenemos miedo de que sólo sea una careta, sabemos lo que Beltrán significaba para ti, y en tu situación estaríamos infinitamente peor. Eres la más fuerte de las tres, todas lo sabemos, pero no tienes por qué mantener las apariencias.
- ¿Te parece que lo hago?
- No
Martina sonrió. “Vamos a hacer la cena, ya sigo con esto luego” y le dio un beso en la frente.