domingo, 13 de enero de 2008

V.


Llevaba tres días encerrada voluntariamente en el hotel, y el hecho de que no supiera cuando iba a salir, le consumía por dentro de tal manera que comenzaba a hablar sola. No se aburría, podía leer, ver la televisión, visitar la ciudad, pero el hecho de la intemporalidad podía con ella. Había llegado a aislarse tanto del mundo exterior (que era realmente su objetivo) que tenía miedo de volver a salir, en ese momento era una niña introvertida, se había reencontrado consigo misma. Se consideraba un náufrago en una isla desierta, diciéndose a sí misma “mantén la cabeza fría”

Se sentía terriblemente sola, en medio de un país extranjero, sin nadie conocido alrededor… pero lo que más le angustiaba era que no tenía donde ir, no tenía plan B, no podía irse a casa si se agobiaba, porque ahora “esa” era su casa. En el momento en que fue conciente de ello, no supo decidir si era feliz o infeliz; así que se centró en lo que tenía que hacer cada día. Marcó una rutina diaria en la que sólo ella importaba, no interaccionaba con otras personas si no era estrictamente necesario, y cambiaba el ritmo las veces que consideraba oportuno: una vida sin estrés. Fue entonces cuando comenzó a temer haber perdido las habilidades sociales, cuando cogió el teléfono para llamar a su mejor amiga y al oír su voz colgó. No quería que supiera nada de ella, quería desaparecer, y al mismo tiempo eso era lo que más desgraciada le hacía. Cada noche se tumbaba en la cama y pensaba “un día más”, y la realidad hacía que las mantas pesaran mucho más. No sabía a qué tenía miedo, no sabía cuánto tiempo permanecería allí, qué buscaba o qué pretendía conseguir, sólo sobrevivía. Estaba perdida, más perdida que nunca
IV.


Se levantó sobresaltada, sin saber realmente si seguía soñando o no, con la cabeza llena de niebla. Estaba en casa, en su cuarto, sola en la cama. De fondo se escuchaba la ducha y unos platos, ¿qué hora era? Giró la cabeza para mirar el despertador, las dos de la tarde. Aún sudaba, se miró de reojo las manos buscando un rastro de sangre (por si acaso).
Volvió a tumbarse en la cama, estaba sola en ella y fue consciente por primera vez en el día.
Hacía ya un mes que Beltrán la había dejado, por una compañera del trabajo, debía de ser la secretaria. Antes habían tenido períodos separados, pero esta vez era diferente, tanto en la forma como en lo que ella sentía con respecto a la ruptura. Las otras veces, hubiese querido correr a su apartamento para abrazarle y decirle que se debían otra oportunidad, pero el hecho de que otra mujer apareciera en escena lo cambiaba todo… Pensaba que lo iba a asumir peor. En un principio sintió el corazón roto, luego entró en estado de shock (llegó a conseguir que el resto del mundo creyera que no le afectaba), y unos días después sintió mucha rabia. Ahora… no sabía cómo se sentía, por un lado le rondaba la idea de ser la segunda, por otro que le había hecho un favor porque su relación no tenía futuro con tantos altibajos y tan poca seguridad. Aún quedaba rabia en su corazón, pero mucha menos. Un día que no lograba recordar, se había levantado pensando en él, como cada día, pero sin echarle de menos. Fue una escena digna de película de dibujos: se frotó lo ojos frente al espejo incrédula y dijo en voz alta, como para cerciorarse de que era cierto, “no le echo de menos”. Ya no le amaba, y dudaba haberlo hecho realmente en algún momento. Ahora era un fantasma que de vez en cuando le venía a hacer una visita, y a decirle lo insignificante que era, una lección de humildad a base de bofetadas. “Bien” pensaba “pues ya la he aprendido”. Además, por primera vez en bastante tiempo, no sentía la necesidad de unos brazos rodeándola para dormir, reales o imaginarios, se metía en la cama consciente de que estaba sólo su cuerpo, y no intentaba dibujar entre las sábanas otra persona. No sabía muy bien si el cambio era para bien o para mal, no sabía si ella misma estaba entera, pero había sido capaz de asumir los hechos y estaba muy orgullosa.
Después de todo lo que había avanzado, el sueño que acababa de tener era como un paso hacia atrás en la progresión del “tienes que olvidarle”, ¿o no? Puede que sólo fuera una vía de escape, y el que Beltrán fuese la persona en la que confiaba al hacer algo tan terrible, no hacía más que recordarle que le echaba de menos como a un amigo, no tenía por qué ser otra cosa. “No saquemos las cosas de contexto”
Se levantó y fue a la cocina, descalza, como siempre.
- ¡No entres!, ¡se me acaba de caer un vaso!- (así que ese era el sonido de cristales o platos que había escuchado) dijo Helene al verla con intención de entrar.
La puerta del baño se abrió de par en par, y Alina salió bailando entre vaho y la voz de Cristina Aguilera. Adoraba esos pequeños detalles, en seguida, al son de “Hello! Hello!”, se unió a ella, cogió un trapo de cocina que estaba a mano y de alguna manera se compenetraron en una coreografía con trapo y toalla de manos que nunca antes había imaginado. Helene las observaba divertida desde el marco de la puerta. Después de cinco años, las tres estaban acostumbradas a las improvisaciones. Al principio compartían con otra chica, Olivia , pero estudiaba una diplomatura, al acabar se fue a trabajar a Segovia y de vez en cuando las visitaba.
Cuando la canción acabó, Martina estaba en el suelo sentada riendo a carcajadas, Alina la acompañaba desde el baño, y Helene hacía lo propio desde la cocina.

- Voy a ir al museo de arte contemporáneo esta tarde, me han dicho que hay una exposición de grabado bastante buena, ¿venís alguna?
- Imposible, Mar, tengo un montón de cosas que hacer hoy…
- Ufff, es que yo a los grabados tampoco es que les tenga mucho afecto, al verdad. ¿No prefieres ir al cine?
Acabaron de comer más tarde que de costumbre, y después de recoger la mesa, Martina fue a su habitación a revisar un par de casos. Luego se duchó para ir al museo.

- ¡Ya estoy en casa!- dijo Helene cantarina entrando por la puerta.
Un puerta chirrió al fondo del pasillo. “Hola, estoy mirándome unas cosas, Alina aún no llegó, debe de estar al caer.”
- ¿Tú no ibas al museo?
- Sí, pero a verlo, no a quedarme a vivir. Por cierto, he visto allí a tu amigo… ¿Ernesto?, ¿Esteban?...
- Emmanuel
- Sí, ese. Muy simpático, estaba viendo la misma exposición que yo, para que veas que no soy un bicho raro. Podíamos invitarle a cenar uno de estos días.
- Mmm, ¿te interesa?
- Me interesa conocer gente interesante que también quiera concerme, sin más. Y ese chico ha demostrado que sabe de grabado, así que entra en el grupo de posibles AMIGOS. Sabes que no busco nada ahora.
Fue a su habitación y se sentó en la cama. Le cogió las manos. “Lo sé, cariño, ¿cómo estás?”
- Divinamente, ¿por qué os empeñáis en que esté mal? Lo llevo bastante bien, pero eso no significa que vosotras podáis sorprenderos como si esperaseis que esto me hundiera…- no entendía que la subestimaran de esa manera.
- No te enfades, Tina, estamos muy orgullosas de ti, pero tenemos miedo de que sólo sea una careta, sabemos lo que Beltrán significaba para ti, y en tu situación estaríamos infinitamente peor. Eres la más fuerte de las tres, todas lo sabemos, pero no tienes por qué mantener las apariencias.
- ¿Te parece que lo hago?
- No
Martina sonrió. “Vamos a hacer la cena, ya sigo con esto luego” y le dio un beso en la frente.

III

Lo había visto, y no aguantaba esa sensación, se sentía traicionada, peor, burlada sin ningún tipo de escrúpulos por la persona que más había querido en los últimos años, a la que le había entregado todo. Respiraba fuerte, aunque seguía detrás de la puerta entreabierta, no le importaba que notaran su presencia, pero era altamente improbable porque ellos respiraban aún más fuerte que ella, jadeaban, su respiración era exhausta y entrecortada, y cada minuto se hacía más fuerte, o al menos en su cabeza sí. No había cambiado la expresión de su cara, desde fuera nadie podría haber dicho que alguno de esos pensamientos se le pasara por la cabeza, no reflejaba angustia, ni pena, ni siquiera ira. Se dio la vuelta y fue hacia la cocina, cogió un cuchillo y se dirigió al dormitorio, todo con la naturalidad de alguien que lo hiciera cada día. Abrió la puerta sin pronunciar una sílaba y, para cuando se dieron cuenta, ya había comenzado a pasar el filo por la garganta de él… precisión de cirujana. Era poderosa, era mayor que ellos dos juntos, era superior, y desde luego él no merecía vivir. Conocía exactamente en qué lugares tenía que presionar más para seccionar los nervios que aportan sensibilidad, en qué lugares debía hacer más hincapié para que la sangre nunca más llegara a su cerebro. No sólo no quería que muriese, quería que sufriera. Impasible, como si fuese uno de sus pacientes.

La otra chica había salido de la cama como había podido, gritaba horrorizada en una esquina de la habitación, aún desnuda y cubierta de sangre.

Cuando hubo terminado con él, la obligó a entrar al baño con ella. Las persianas estaba cerradas, nadie la había visto entrar ni salir, llevaba puesta la bata del hospital y ni siquiera se manchó la ropa. Sería el crimen perfecto, en vez de matar a esa infeliz, haría que se pudriese en una cárcel cualquiera por un asesinato que no había cometido. Jugaba con ventaja, estaba tranquila y sabía exactamente qué hacer como si lo hubiera planeado con meses de antelación. En realidad se le estaba ocurriendo sobre la marcha, era su instinto el que manejaba sus actos, habría tenido ganas de sacarle el corazón. Cerró la puerta con cerrojo, lavó el cuchillo a conciencia y se lo entregó a la muchacha (¿cómo se llamaría?) Se encargó de que, sin que se diera cuenta porque estaba aún en estado de shock, todas sus huellas quedaran impresas. Luego lo cogió con cuidado y salió del baño para empaparlo de sangre y dejarlo como tirado desde la cama. Miró a su alrededor, no había pruebas de que hubiera estado allí, salvo la sangre de su bata. Lo único que podrían decir es que el corte era demasiado perfecto y que no podría haberse hecho desde abajo. Bien, diría que la encontró sobre él, como una amazona, cubierta de la sangre de su prometido mientras éste agonizaba.

Se giró y la miró a los ojos, nunca había visto tanto miedo concentrado en dos puntos.
- Tú… Ponte encima de él, a horcajadas- la chica ahogó un grito de espanto.- Ya mismo, por favor.
Su tono era suave, hasta educado, un poco metálico, pero suave.
En ese momento estaban en igualdad de condiciones, ninguna tenía arma, pero ella sabía que tenía el control. Cuando la chica se hubo puesto así, Martina se dio la vuelta, se quitó la bata, y fue a la cocina a guardarla en una bolsa de plástico. Descolgó el teléfono y llamó a la policía. Procuró hablar con muchas pausas, no varió el tono de voz, pero controló la velocidad de sus palabras.

Metió la bolsa de plástico en el bolso grande que solía llevar a trabajar, y bajó al portal a esperar a la policía. No sabía qué iba a pasar, pero tenía claras dos cosas: no se arrepentía, y no sospecharían que había sido ella.


Una vez en la calle, llamó a Beltrán para contárselo. Obviamente no la verdad, podrían grabar la llamada, eso se lo contaría más tarde. “Dani… ha muerto… degollado… lo encontré con su amante en el dormitorio…” le dijo. Eso bastó para que Beltrán saliera por la puerta de su despacho, dejara a la secretaria instrucciones para aplazar todo lo de ese día y el siguiente y le pidiera a su socio que se encargara él de los dos juicios de la tarde.
Cuando llegó, Martina aún no había derramado una lágrima, estaba hablando abajo con uno de los policías, con su bolso en el brazo. Esperaba encontrarla presa de un ataque de nervios “Nunca se sabe cómo reaccionará la gente ante esto, ella aún está asumiéndolo” le dijo un policía al acercarse.
La tomó por el brazo:
-Vamos a mi casa, la policía me ha dicho que no tienes por qué estar allí- susurró
Entonces salió la chica sin nombre, cubierta con un albornoz y gritando como una histérica. “¡No, ella no!” chilló al verla. Beltrán cerró la puerta del copiloto antes de que pudiera pronunciar nada más. Mientras daba la vuelta para sentarse al volante, una idea que enseguida desechó le vino a la mente “Parece que la víctima sea la chiquilla esa”


Martina se miró en el espejo… de su boca sólo salió un grito que bien pudo haber sido un rugido. Salió todo el odio, la ira, la venganza y la rabia, y como la caja de Pandora, cerró los labios sin dejar salir a la culpabilidad. “¡Martina!” dijo Beltrán entrando por la puerta del baño al ver el espejo roto y su puño sangrando. La abrazó, y mientras comenzaba a llorar, ella fue consciente de lo que había hecho.

sábado, 12 de enero de 2008

II

Habían pasado dos meses, y aún no se acostumbraba a estar sin ella. No comprendía qué podía haber pasado, en Menorca todo fue idílico, pero una vez en Madrid ella le dijo que tenía que tomarse un tiempo, que no podía seguir así, que se había agobiado, y otras muchas cosas que para Beltrán no eran más que excusas de novela barata. “Te llamaré” se despidió, y aún estaba esperando.
Bajó del autobús y cruzó la Castellana casi como un autómata para llegar a un edificio que gritaba “negocios de alto standing” desde cada ventana. Estaba en el despacho de un amigo de su padre de prueba, llevando los casos más fáciles él solo (casi siempre le daban los del turno de oficio), y ayudando a alguien con los particulares. No adoraba su profesión, eso era algo que siempre había admirado de Martina, pero no estaba mal del todo, se sentía útil.
Abrió la puerta de su pequeño despacho – antes era el cuarto de la fotocopiadora, que habían puesto a un lado – y se sentó esperando a que Yaiza le trajera algo nuevo mientras revisaba el caso que tenía que defender por la tarde. “Menuda pieza” pensó al leerlo por encima de nuevo. 33 años, atraco con intimidación (por suerte no llevaba arma de fuego) cuando le habían dado la condicional hacía quince días. Tendría que escuchar lo que el fiscal tenía que decir, no podía hacer mucho más.

La mañana pasó más rápido de lo que se esperaba, lo supo cuando Julio llamó a su puerta para ir a comer con un cliente. No era algo habitual, pero, además de tener bastante dinero, este era amigo del jefe.
- ¿No era a las dos y media?- preguntó buscando el móvil para mirar la hora.
- Sí, son ya y cuarto. Venga, que no debemos llegar tarde.
Julio era de las mejores personas que había conocido, tenía una vocación de servicio envidiable, y estaba felizmente casado y con tres niños. Tratar con él significaba hacer una evaluación de conciencia casi diaria, o al menos para Beltrán sí. Quizá estuviera aprendiendo más de Julio que del propio Alonso (el amigo de su padre, dueño del bufete), porque además de en el ámbito laboral, también sentía que debía tomarle como modelo como persona. “En ese despacho sólo tengo a los mejores” le dijo el jefe uno de los primeros días. Tenía razón.
Entraron en el taxi que les esperaba abajo. “A Padre Damián, por favor, ya le indico la altura cuando estemos allí” dijo con autoridad. Se sentía bien cuando decía ese tipo de cosas, de pequeño había sido siempre muy inseguro y le había costado hasta pedir un vaso de agua, así que para él, hasta decir a que piso iba en un ascensor sin vacilar era un logro.

viernes, 11 de enero de 2008

Martina significa Guerrera


África se mostraba inmensa ante ella, y supo que nunca más volvería a estar sola.

I

Sonó el teléfono, impaciente. Martina se levantó de la cama tratando de no despertar a su compañero… parecía sumido en un profundo sueño, tan vulnerable en ese momento que a ella le inspiraba ternura. Había dos situaciones que despertaban en ella ese sentimiento, un hombre enfermo y un hombre dormido. Muchas personas podrían pensar que era el tipo de mujer al que le gustan los hombres sensibles que lloran sin temer las consecuencias, sin embargo prefería que el lado femenino de un varón se redujese a esos dos momentos en los que se podía permitir el lujo de aparentar vulnerabilidad. ¿De qué le servía un hombre que no fuese fuerte, o que al menos lo pareciera? Cuando lo comentaba con alguna amiga siempre la tachaban de machista, pero ella sencillamente tenía claro qué buscaba en una pareja, y la seguridad era fundamental: un hombre llorando no se la aportaba.
Pensaba en esto mientras se acercaba a la cocina. Descolgó el auricular, con una sensación extraña en el estómago. “¿Diga?”
- Martina, soy Imanol. Estoy en el hospital, sé que hoy no vienes, pero necesito ayuda con un caso… soy incapaz de resolverlo.- dijo una voz grave al otro lado del teléfono.
- Estoy medio dormida, puedo pasarme en un par de horas, si quieres.
- El paciente no tiene un par de horas. Es algún tipo de afección sanguínea, y se está quedando sin glóbulos rojos.
- Imanol, yo estoy en cirugía, no creo que pueda hacer mucho… ¿Has mandado ya una muestra al laboratorio?
- Sí, pero he pedido de todo, tardarán un rato. Estoy con Fer y con Carina en la sala, vendrás, ¿verdad?
- Sí, sí, tranquilo. Intenta mantenerlo estable, busco algo por Internet y voy. Te veo ahora.
“Un beso, mil gracias.” Contestó la voz grave. Colgó al mismo tiempo que Alina entraba por la puerta. Sin dirigirse una palabra, cada una preparó su taza y se sirvió café. Después de varios años de convivencia, sabían de sobra que por las mañanas, cualquier palabra sobraba. Desayunaban la una frente a la otra (desde el principio fueron las más madrugadoras), y cuando acababan, Martina se iba a la ducha mientras Alina abría las ventanas del salón para ventilar. Cuando se encontraban en la puerta para salir ya eran otras, y se daban los buenos días como si no se hubiesen visto desde la noche.
Entró en la habitación de puntillas y se acercó hasta la cama. Se sentó muy despacio y cogió la mano del chico, que no se había despertado aún. Sin hacer movimientos bruscos, comenzó a darle besos, muy suaves en la yema del dedo índice. Cuando vio que reaccionaba, le dio un par de chupaditas y se acercó a su oído. “Beltrán” susurró “Tengo que ir a ayudar a Imanol con un paciente, ¿qué quieres hacer?” Abrió los ojos con desgana y, sin darle ninguna contestación, la atrajo hacia él para besarla.
- Estás de vacaciones, el avión sale esta tarde… ¿eres imprescindible?- quería sonar como una pregunta, pero en realidad era algo parecido a un reproche.
- Estaré en tu piso a tiempo y con la maleta, pero me lo ha pedido como un favor.
- Me lo tomaré como un “sí”- gruñó
Ella le dio un beso en la frente y se fue a la ducha, deseando que él la siguiera. Antes de cruzar el marco de la puerta se giró para mirarle, casi gritándoselo, pero él se dio la vuelta orgulloso. Martina sonrió, conocía esos gestos de “quiero que creas que me siento herido”. No llevaban seis meses saliendo, pero tenía la sensación de conocerle de siempre, bien es cierto que antes de salir eran muy amigos desde hacía aproximadamente un año. Decidieron dar un paso más en su relación en año nuevo, cuando se miraron para desearse feliz 2007, y sin querer dijeron mucho más. Le parecía una fecha de lo más vulgar para empezar una relación, se negaba a ser la protagonista de una imagen de teleserie americana, así que, pese al beso y las palabras bonitas, no dio muestras de “querer ir en serio” hasta unos días más tarde. Ella estaba viendo la televisión un domingo, cuando escuchó a Alina decir “sí, sí, pasa, está en el salón”. Iba como siempre, pero por alguna razón especialmente guapo. Se levantó del sillón y, sin darle tiempo a saludarla, le besó. Hubiese preferido que su compañera de piso no estuviese mirando desde el pasillo, o que él no se hubiese retirado, pero no se arrepentía del gesto. “Espera, espera…” gimió Beltrán, confundido. La miró de arriba abajo, pensando para sí que era la mujer más increíble del mundo y fue él el que la besó entonces. Alina ya no estaba en la puerta (probablemente se lo estaría contando a Carla en su habitación), y cayeron en el sillón casi sin pretenderlo.
En el baño, se desvistió lentamente, dándole tiempo a llegar después de la indirecta.


Aparcó el coche y subió rápidamente hacia la sala de médicos.
- Menos mal que has llegado, necesitamos otra mente maravillosa para este caso…- la recibió Fer. Era una chica rubia, de pelo rizado, no especialmente guapa, pero con un encanto natural, quizá por su acento mejicano.
- Ponedme al corriente mientras me cambio- contestó Martina.



“¿Dónde te has metido? ¡No llegamos!” gritaba Beltrán desde el otro lado del teléfono. Estaba en el portal, esperándola desde hacía diez minutos. “¿Qué quieres que haga? Hay mucho tráfico, los taxis aún no vuelan. No tardamos, estamos en Alberto Aguilera. Tómate un Lexatín o algo, que me vas a dar el viaje.” “No va a haber viaje, perdemos el avión seguro…” No le aguantaba cuando se ponía así, colgó el teléfono y trató de meterle prisa al taxista pensando que él no tenía culpa de nada, pero que tenía que gritar un poquito a alguien. Le dejaría el cambio de propina, pobre hombre.
Cuando por fin facturaron las maletas aún faltaban 15 minutos para el embarque. Él tenía cara de alivio, le dio un beso en la mejilla y le pidió perdón.
- Siempre estás igual, yo también pensaba que lo perdíamos, pero no puedes ponerte así. Me quema un montón y lo sabes.
- Perdona otra vez… ya verás qué bien lo pasamos.- le guiñó un ojo, y ella no pudo resistirse a sonreír. Todo volvía a estar bien.- ¿Qué tal con el paciente esta mañana?
- No hemos podido hacer nada, aún no sabemos qué tenía, habrá que esperar a la autopsia. Imanol estaba fatal, es el segundo que pierde en una semana.
- Qué estómago tienes, a veces me das miedo.
- ¿Por? Tengo asumida mi profesión, sé que no siempre se puede hacer algo, y hacemos todo lo que podemos. De todas formas, he estado con este caso apenas 4 horas, no me ha dado tiempo de implicarme, gracias a dios.
Al oír esta frase, ambos supieron que estaba más afectada de lo que pretendía, pero no volvieron a tratar el tema.
El cielo estaba despejado y no había viento, tendrían un vuelo agradable y sin sobresaltos. El tiempo en Menorca era parecido, y todas las maletas de ese vuelo estaban llenas de bikinis y pareos deseando empezar la temporada. Cinco días era suficientes para desconectar de la rutina, descansar lo suficiente y disfrutar el uno del otro sin sobresaltos. Y les apetecía tanto que no se lo habían dicho.
Una vez estuvieron en el aire, se quitaron los cinturones y pidieron algo de beber.
- Mar, voy al baño un momento.- bajó el tono considerablemente- Te quiero allí en 2 minutos, da tres golpes.
Una escalofrío le bajó desde la nuca cuando él la rozó al irse, muy intencionadamente. Se mordió el labio y abrió la Coca-Cola. No sabía si la idea de enrollarse en un avión le atraía realmente… tenía un poco de miedo a volar, y lo mismo si se movían demasiado… “No digas tonterías” pensó “no vais a desestabilizar el avión vosotros dos solitos” Inmediatamente, una voz en off le respondió “Pero no te muevas mucho por si acaso”
No habían pasado los dos minutos, pero no aguantaba más. Afortunadamente, los baños de business class estaban cerca y no había cola. Llamó tres veces, ansiosa. Beltrán abrió la puerta y la miró con deseo. Apenas cabían en el baño, pero se apañaban bastante bien. Con un poco de dificultad consiguieron llegar el uno al otro sin quitarse demasiada ropa; cada vez que alguno de los dos subía el volumen más de lo que consideraban políticamente correcto, se besaban apasionadamente. Cuando terminaron, se miraron como dos adolescentes la primera vez en casa de sus padres. Martina adoraba esa sensación, seguridad e inquietud, todo en uno.

Primer movimiento, concierto número 2, Chopin

Chopin sonaba como una dulce sentencia, nota a nota, construyendo con cada acorde una frase más de desesperación en su mente. Desde pequeña, Isobella había tenido una sensibilidad especial para la música, imaginando escenas que podrían representar cada una de las partituras que los pianistas tocaban, porque siempre era piano, piano y orquesta si acaso. Se encontraba en el Auditorio Nacional de Madrid, escuchando el primer movimiento del concierto número 2, fabuloso. Y, como no iba a ser ninguna excepción, también esta vez, a los pocos minutos de empezar, ya se iba sintiendo arrastrada a lo más profundo de su alma; en realidad no arrastrada, sino invitada, como fluyendo, saltando al igual que una bailarina de ballet lo haría, de idea en idea, de recuerdo en recuerdo, hacia la boca del lobo.


Al comienzo, sentía que la melodía la acusaba, como el dedo acusador de un juez, y hasta podía escuchar el debate de los miembros del jurado por detrás. De pronto, el abogado salía en su defensa implacable, y una música suave después, el llanto de una mujer, la réplica de un juez trompeta, y unos violines, como de perdón. No entendía qué querían decirle.
Entonces el piano, ese piano, tan suave y cautivador, tan aterrador a veces. El piano explicaba lo ocurrido, un asesinato – “presa de los celos, señor juez”, “la maltrataba, señor juez”, “ella le amaba con locura”, “subió, los encontró, no pudo reprimir su instinto”, “ahora está desesperada, ¿qué mayor castigo puede ofrecerle la vida que haber sido la asesina del amor de su vida?”

Entonces el piano la transportaba a un campo de trigo en primavera, las espigas aún madurando a su alrededor, y el amanecer invitándola a caminar hacia él. Ella se dirigía hacia el infinito, como volando, como pisando algodón… y la pasión dominaba su alma, y comenzaba a girar sobre sí misma hasta caer. Una vez en el suelo, un dolor agudo en el pecho, angustia, y un terrible vacío. Estaba tumbada, y comenzaba a asfixiarse. Hasta que quedaba sumida en un profundo sueño. Todo volvía a estar tranquilo otra vez. Violines de fondo, el primer violín dejándose mecer por el pianista. Debía de ser apuesto, muy apuesto, desde luego.

Y todo se unía: el abogado defensor y el jurado en el campo de trigo, amaneciendo, la mujer llorando de fondo, la explicación casi desesperada de una mujer sola por haber matado a su marido infiel, el peso de la culpabilidad y del veredicto, inocente, sabiéndose culpable.
A continuación, la reflexión de la mujer - ¿sería ella misma? – pensando sobre lo ocurrido, tratando de justificarse, tratando de recobrar la serenidad, hipando tras haber llorado mucho, las lágrimas intentando volver a salir… Acariciándose ella misma las manos intentando calmarse y protegerse a un tiempo. Y el vacío, llenándose de teclas de marfil como una copa de vino blanco, cayendo a borbotones y salpicando alrededor, pero aún así con elegancia.

Y el final de la obra, un canto a la libertad de espíritu, desesperación, reflexión y un final de socorro. Qué pieza tan desgarradora. Los aplausos la despertaron de su trance, y cerró los ojos para descansar la vista, consciente de su alrededor.



El descanso. Salió aún aturdida, entre la multitud, para dirigirse a la barra de la primera planta. Pidió una copa de cava y se acercó a un gran cuadro colgado junto a un ventanal. Los techos eran altísimos, y la decoración iba acorde con la arquitectura. Un hombre algo mayor que ella se le acercó: una pieza maravillosa, ¿no cree?
- Sí, me temo que no conozco el nombre del autor, pero es muy bonito.
- Chopin – contestó él, entre alarmado y divertido.
- Perdón, pensé que se estaba refiriendo al cuadro. Sí, la música me ha parecido… expresiva, muy expresiva.- sonrió para sus adentros
- Me llamo Álvaro Martí, mucho gusto – y le estrechó la mano sin que ella pudiera hacer nada por cambiar la situación.
- Isobella Santero, encantada.
- Un nombre muy exótico – comenzó a sospechar que flirteaba con ella.
- Mis padres son argentinos, de ascendencia española.
Le dedicó una sonrisa tímida, como para no quedar mal.
- Sin duda criada entre españoles, porque no se le nota el acento en absoluto.
- Sí, vine a España cuando era muy pequeña. – dio un sorbo a su copa, como intentando evadirse. No se consideraba buena en las distancias cortas con un hombre, prefería sus grandes auditorios llenos de gente, o las aulas en las que ella impartía clases, llenas de gente atenta, aunque no tanto como el desconocido Álvaro Martí.

Tenía buen gusto, el traje era muy elegante, a juego con sus zapatos. Tenía el pelo castaño claro, sutilmente desaliñado y no muy largo. A primera vista, ella hubiese apostado que utilizaba cosméticos para hombres. Y una colonia muy bien escogida.

miércoles, 9 de enero de 2008

Sola

Sola, como un solo de piano sonando en un coche en medio de la oscuridad, como su melodía, como su acompañamiento, que son tan iguales que se confunden, que son tan distintos que se complementan, que van tan rápido que parecen competir. Sola como la mente de la pianista, tan dirigida como ella, tan inalcanzable como sus manos, tan previsible como los compases, tan manipulada como las teclas, tan golpeada como las cuerdas dentro del cuerpo negro de angustia… pero tan absolutamente bella como todo el conjunto, envolvente y enigmático.

Tan absolutamente excitada de soledad que ni siquiera el mismo diablo alcanzaría a satisfacerla, y tan absolutamente hundida que ningún ángel podría rescatarla.

Un héroe, ella misma.

Dentro de ella algo nuevo, imprevisible, bruto. Tanto podría odiar como amar con locura, mirando en aquellos ojos igual le asaltaba la más salvaje de las pasiones, que la náusea incontrolable del reflejo de los espejos del callejón.

Todos tenemos algo de déspotas, algo de macabros y mucho de egoístas. Somos el intento de frenar la evolución, la especie humana ha conseguido que la lucha por la supervivencia sea reprobable. Cuánto somos nosotros mismos y en qué medida somos lo que nos rodea…

Una fortaleza impenetrable, como el sexo sin amor, como el sexo a solas. Inaccesible. Adivinable. Lejana en neblina. Carente de todo sentido y dotada de la mayor de las sensibilidades. Sólo jugar a no sentir le da la fuerza suficiente para continuar, juegos déspotas, macabros y egoístas. Jugar a no querer. Y tenerle tanto miedo al juego… a perderse en él.

Cuidado con lo que deseas.

Perfecta en recorrido, perfecta en astucia, perfecta en no ser perfecta, perfecta en querer alcanzar la perfección. ¿Quién juzga lo que es perfecto? Igual ocho que ochenta. Y dos caminos que al cruzarse, se chocan, para luego seguir recorriendo el horizonte. Es ella. Es la diferencia entre ganar o ganar más. Pero siempre será una pérdida. A la carrera, ahogada de respirar tanto. A veces hay que perder el tren a propósito, como cuando escuchas llegar al metro cuando bajas las escaleras. Podría cogerlo, pero quizá se cayese en el intento, mejor ir despacio, otro pasará. Todos van a llegar al mismo sitio.

Sombras de realidades, igual de sola en todas ellas.

Como el gaitero en el acantilado, tan plena de ausencias, tan… libre. La libertad más absoluta es la falta de amor. La persona feliz es libre. La persona feliz es la que ama. O la que al menos es capaz.

Habla sin saber, escribe sin pensar, cierra los ojos y la música la transporta al mundo de sus sueños, en los que el monte invade sus pulmones y el mar la eleva hacia un cielo tan claro como oscuro. Sonidos de presentes inexistentes. Poderes de xanas y maldiciones de bruxas que la atormentan en sus noches. No quiere ser otra, quisiera no ser. Pero no ser es de cobardes, los valientes lidian con la vida, el mayor de los pecados no es otro que vivir.

Hedonista en cuanto a que adora el placer, cristiana en cuanto a que odia adorarlo, judía en que espera algo que nunca llegará, enfant terrible de sí misma. En su debilidad reside su fuerza.

Sentada en un campo de trigo, con el campo en su mente, con el sol acariciándola, con el viento peinándola. Escenas demasiado típicas de la vida que antes llevaba. Antes de despertar en la caverna. Ahora hay que subir, pero… hacia dónde…

Sola, como el ángel en medio de la multitud, como el fantasma de una casa encantada. Da el mismo miedo. Es igual de envidiada. Igual de incomprendida.

Olas contra el mar, una lucha consigo mismo, la arena no es más que su parte más dura, su parte más sólida. Toda violencia no es gratuita, a veces hay que destruir para poder crear.

Tan excitada de odio que ni el mismo diablo alcanzaría a satisfacerla. Tan infravalorada que ningún ángel imagina lo que es capaz de hacer.

Y tantos retos, restos, tesoros. Quiero ir contigo, pero estás 4 largos pasos por delante.

Ahogada de respirar. Sólo es capaz de hablar con los ojos, porque no alcanza a articular palabra, quizá algún día alguien decida leer en ellos lo que nunca escuchará. Y no es temor, sino amor propio lo que hace que mastique los sentimientos y se los trague. Un “te echo de menos” sería exponerse a ser la parte débil de ningún binomio. No le han enseñado a decir “te quiero”, y la vida ha castigado aquellas ocasiones que osó pensar que podría… eso.

Un cambio de sentido, poder darle a todo el significado contrario, decidir volver a lo que jamás se hizo. Un héroe, ella misma. No necesita más. No quiere necesitar más. No se atreve a pedirse más. No quiere sentir, y a la vez lo desea con toda su alma. Le sobrepasa. Sabe que el camino está cortado, sabe que habrá que maniobrar, sabe que no tiene tiempo, que no debe, que no puede. Y su eterno error, “¿y si…?”

No conoce otra manera de comunicarse que gritar con los ojos.
No conoce otra manera de desahogarse que dejar que sus manos trabajen, hasta que pueda gritar en silencio, parir un hijo bastardo tan íntimo que no se atreve a mostrarlo al mundo, letras y letras de éxtasis, en frases conexas sin sentido. Un pergamino de la caja de pandora. Un retal del alma de nadie. La memoria colectiva de unos pocos. Todo el amor que no da. Todo el temor que no quiere. Toda la desesperación que la invade. Debería sentir asco por lo que hace, pero nunca. Sólo conoce dos formas de satisfacer su ego, y sólo puede llevar a cabo una, ¿cómo repudiar a lo que le evade?

Con cada nota se aleja más y más, y más allá no hay nada más que ella, que es de lo que intenta escapar. Su fantasma. Su ángel caído. Tan inmensa. Tan desproporcionadamente imperfecta que aturde, con el gesto, con la vida, con la falta de vida, con su sonrisa, con lo que oculta, que no es poco.

La única que conoce de lo que es capaz.

Perfume de años. Invisible a todos. Inaudible aún en el mayor de los orgasmos: al que le transporta el violín y la gaita, al que le transporta el piano tocado con furia y pasión, al que llega con cada palabra de amor por la vida.

Desnuda, en medio del mar, flotando bocarriba dejando que la espuma sea la única que le imagine y el sol el único que se acerque. Paz. Y vulnerabilidad. Se siente tan indefensa que admitirlo ya sería una derrota. Y decir lo que siente es la manera más rápida de quitarse la ropa y dejarse apalear, ella lo sabe. Y desnudarse delante de los lobos es facilitar el trabajo de una manera casi insultante.

Una culpabilidad obscena la inunda, y decide dejar de escribir. Y se imagina un niño con una lupa, torturando hormigas.